
En 1971 el que a la postre sería Premio Nobel de Economía,
James Tobin, (economista adscrito a teorías
keynesianas) propuso la implantación a nivel internacional de un pequeño gravamen sobre los cambios entre divisas en el flujo económico global. "Un puñado de arena en unos engranajes que están demasiado bien engrasados", como él mismo y muy gráficamente explicaría.
Este impuesto pesaría principalmente sobre las operaciones especulativas que surcan diariamente el planeta de un lado a otro y en unas cantidades superiores al billón y medio de dólares. O puesto de un modo más visual: una cantidad superior al Producto Interior Bruto francés circula diaria y virtualmente y sin sometimiento a ningún control entre los principales mercados y centros financieros del planeta. Unos flujos especulativos desvinculados de la economía real y productiva y contrarios a la positiva cultura industrial que de esta se deriva. Unos flujos que a veces adoptan la tan temida forma de "burbuja" a punto de estallar.
Las inmensas autopistas sin límites de velocidad ni código de circulación construidas según los planos de la desregulación e inauguradas en los años setenta y ochenta -cuando el paradigma neoliberal se convertía en dogma- dieron lugar a una incesante circulación de grandes cantidades de capital a lo largo y ancho de todo el planeta, situación exponencialmente multiplicada por el fenómeno de globalización económica. El final de los controles políticos sobre los movimientos de capitales se produjo primero en el Reino Unido, luego en los Estados Unidos y se fue extendiendo al resto del mundo desarrollado gracias a la presión estratégica ejercida por el FMI en favor de ese sentido
liberalizador.
Y ese credo en favor de la desregulación, de promoción de la hegemonía de las finanzas sobre la economía real y del mercado sobre la Política se ha mantenido hasta nuestros días. Ahora mismo estamos inmersos en una crisis global resultante de una sobre-inflación de la burbuja especulativa en las finanzas y en otros sectores por falta de supervisión de organismos internacionales.
Pero parece que la actual crisis económica ha hecho cambiar -hasta cierto punto- el
chip en las concepciones dialécticas Estado-Mercado.
Ahora podemos escuchar íncluso a líderes internacionales como Sarkozy, Merkel o a autoridades económicas como Lord Turner, presidente de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido, proponer una regulación universal de las transacciones financieras mediante un impuesto uniforme. Es decir: la materialización de la tasa Tobin, una idea inicialmente vinculada a movimientos de izquierda y altermundialistas. Hasta los mayores defensores del capitalismo se han percatado ya de las nefastas consecuencias del mercado absolutamente desregulado y arrojado en brazos de la especulación.
Es hora de volver a hablar sobre la famosa 'Tasa Tobin". Y ya se está empezando a hacer. Una muestra de ello: un referente regional -y a no mucho tardar, internacional- como
la República de Brasil, aplicará a su moneda una tasa como la ideada por Tobin.
En lineas generales, ¿en qué consiste el impuesto ideado por James Tobin? El objetivo teórico de la tasa sería el de penalizar las transacciones especulativas que se producen en el mercado financiero internacional. Con el gravamen impuesto sobre el cambio de divisas se desalentaría el tráfico especulativo de grandes capitales en tanto que dicho impuesto habría de abonarse cada vez que ese capital realizase un movimiento en el tablero internacional que le obligara a un nuevo cambio de divisas en un periodo corto de tiempo. Así, los capitales más volátiles, rápidos e "inquietos" (es decir, los especulativos, que van y vienen por tiempo de apenas una semana) se gravarían varias veces a lo largo de su rápido y efímero recorrido por distintos mercados, desalentándose de este modo una práctica demostradamente perniciosa y desestabilizadora para el conjunto de la economía. Las inversiones internacionales "normales" serían gravadas solamente en una ocasión, con su primer y único cambio de divisas en el plazo establecido, así que no puede sospecharse ni temerse una congelación de los flujos económicos normales o del comercio, solo cabría esperarse una deseada disminución en la importancia del sector especulativo causante de esta crisis. (Esta explicación pretendidamente simplificada se ha hecho a partir de una síntesis de varios escritos de Fabienne Dourson, el propio James Tobin y François Chesnais)
¿Y qué se haría con lo recaudado? Además de los beneficios inmediatos conllevados de esta racionalización del mercado financiero internacional, lo recaudado con la imposición de la tasa (si fuera de tan solo un 0,1% implicaría la cantidad de 230.000 millones de dólares anuales) podría destinarse a un fondo de desarrollo económico para las zonas más deprimidas y desfavorecidas del planeta, actuándose además contra la pobreza en el mundo.
Medidas como la tasa Tobin, y otras tantas, representan un cambio trascendente y profundo en la concepción de la economía y en la posición que guarda el ciudadano en sus engranajes; un cambio en la mentalidad que muchos no aceptarán de buen grado. Se mostrarán especialmente reticentes aquellos que más se han beneficiado por la inconstante concentración del capital que se viene produciendo desde hace décadas a costa de muchas cosas.
Desde la de los setenta, tocamos a una crisis severa cada 15-20 años. Ya es hora de racionalizar los escenarios económicos para evitar que la irresponsabilidad y la avaricia de algunos vuelvan a llevarnos una y otra vez al mismo callejón. Tenemos que aprender la lección de una vez por todas.